Colorida, precaria, exótica, bulliciosa y transfronteriza. Así es la ‘zilla’ (distrito) de Satkhira, región situada al suroeste de Bangladesh. Fronteriza con India cuenta con todos los ingredientes de una región cuyo corazón palpita entre dos culturas asiáticas. A un lado el Hinduismo, al otro, el Islam. Dos lenguas se entremezclan en las cercanías de la ‘muga’: el indi y el bengalí.
La gran actividad comercial, el mestizaje de sus poblaciones, las migraciones y el tráfico siempre están detrás de las ventajas y desventajas que ofrece la frontera. Hemos escuchado a sus gentes y ya conocemos la hostilidad que esconde la línea divisoria de los dos países. La falta de empleo entre la población de los ‘upazillas’ (subdistritos) de Satkhira obliga a los hombres a marchar a India en busca de un futuro mejor. Pasan por fronteras ilegales en las que en muchos casos pierden la vida. Ante la ausencia del marido, las mujeres se quedan solas y sin trabajo o, en el mejor de los casos, logran un trabajo precario -donde ganan 0,70 céntimos de euro al día- en criaderos de gambas o en los arrozales. La situación a la que se ven abocadas es de pobreza y vulnerabilidad absoluta: un campo de de acción perfecto para las mafias dedicadas al tráfico de seres humanos. Muchas mujeres son engañadas con falsas promesas de prosperidad para marchar a India: para trabajar en el servicio doméstico o en otros ámbitos. Generalmente pasan por fronteras ilegales y una vez allí, pueden ser explotadas en prostíbulos de Calcuta. Por suerte, hemos conocido a varias personas que trabajan a diario para evitar que se extienda este lucrativo e ilícito negocio que supone una grave vulneración de los derechos humanos.






